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Elvira
Elvira se acostó en su cama lentamente, vigilando su respiración, vigilando cada movimiento de su cuerpo. Cuidadosamente catalogando cada pensamiento que cruzaba su mente sin ser invitado, como un espía.
Eran las dos de la mañana. Sin embargo, su madre la creía durmiendo desde las nueve. Cuánto tiempo puede estar una persona sentada al borde de su cama con la luz apagada pensando en su miserable vida, convenciéndose a si misma de que no pensaba absolutamente en nada?
Si su madre la hubiera visto, hubiera vuelto a pensar que estaba loca. Y sí, pensó Elvira, me hubiera gustado que me vieras, mamá. Ojalá me encerraran para siempre en un hospicio, así me iría lejos de tu casa. Así por fin me darían crédito por esta vida insana que llevo desde que me concebiste, vieja zorra.
Una vez acostada, Elvira simulaba (para sí misma) que estaba intentando dormir. Pero no tenía sueño. No sentía nada, eso se decía a si misma, repitiéndoselo una y otra vez entre sollozos (una vez que sus controles fueron burlados por una avalancha de llanto).
-no siento nada... nada, no siento nada...-
Y por fin sucedió un milagro. Elvira sintió algo.
Siempre había sido asmática. Y esa noche no había usado sus medicinas. El aire se fue retirando de sus pulmones lentamente, por horas.
Elvira reía desenfrenada, en silencio.
Lloraba de alegría.
Esperaba.
Soñaba despierta, mientras sus pulmones gritaban de desesperación.
Saboreaba una dulcísima venganza.
Empezó a delirar. Estaba mareada. De repente el sueño se convirtió en pesadilla.
La oscuridad de la habitación tomó forma.
Las sombras se hicieron corpóreas y se abalanzaron sobre Elvira. Ella quería gritar, pero no había aire en sus pulmones.
Elvira imaginaba que tiraba manotazos al aire, pero no podía moverse. Sus ojos se inundaron.
Su boca se deformó de angustia.
-Ma-ma...
Y así Elvira concretó su venganza.
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