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Así, descolorirán tus ganas, lentamente, el ámbar de tu apetito, de tu sed. Hablar del frío no es soñar, contar las noluces, la oscura linealidad.
Envuelta en radios militares entre la interferencia, entre el coto de árboles, entre el huerto de amebas, buscando a tus hermanos; soñando con ellos. Invitándonos al fin del mundo: “¡Estan todos invitados!” en una imagen ideal. Enjuagándote las piernas en una imagen ideal, en una sucia bañera harta de camalotes, afuera del racho, llena de verdes camalotes, en la puerta del rancho.
Volví a despertar con el gusto de las avispas, con la boca paspada por la helada, con el olor glacial de aquel río,
con la serenidad.
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